Ficcionales: Enrique Harm
Enrique Harm presentó Ficcionales del 25 al 28 de septiembre de 2025 en La Casa Verde, en Barranquilla. En esta muestra, articuló un diálogo entre el paisaje imaginado y su archivo personal para examinar las formas de representación de las imágenes y la manera en que estas se organizan para configurar un relato ficcionado.
En ellas rastrea una trayectoria iconográfica del Caribe colombiano, a menudo atravesada por visualidades afectivas y personales, pero también por imaginarios científicos, turísticos y coloniales. Con pinturas y grabados realizados por él mismo, se complementa con un archivo, concebido como un conjunto de “documentos del deseo” como lo denomina el artista, reúne libros ilustrados, colecciones de tarjetas postales y fotografías.
En esta conversación, más que como artista, mi hermano Enrique comparte desde lo personal sus impresiones de esta experiencia durante el mes de residencia y lo que significa construir una práctica artística desde la distancia.
LN: La Casa Verde era un lugar que ya conocías, recuerdo cuando expusiste una serie de collages hace varios años, hoy vuelves de nuevo aquí en el 2025 con esta exposición individual llamada Ficcionales, producto de la residencia artística que hiciste aquí durante ese mes de septiembre en Colombia, ¿Qué tanto ha cambiado tu trabajo durante estos años?
EH: Este reencuentro con Barranquilla no fue nada fácil. Primero tuve que maniobrar mis emociones para enfrentar ciertas situaciones domésticas; luego, enfocar toda la energía que me quedaba en la creación de este proyecto, Ficcionales. Entender que la vida aquí transcurre de otra manera, y que no siempre se trata de resolverlo todo, es posible. Fue precisamente eso lo que me permitió disfrutar de todas esas experiencias espontáneas, y comprendí que volver era urgente y necesario.
Mi trabajo, por supuesto, ha cambiado mucho, pero sigue interesándome esa misma estética gráfica de las vanguardias que siempre me ha caracterizado. Sin embargo, estos años estando afuera me llevaron a comprender cómo realmente funciona el mundo. Por eso, indagar y estudiar el Trópico ha sido mi manera de entenderme a mí mismo, porque fue en el Caribe donde ese proyecto colonial comenzó a gestarse hasta convertirse en lo que hoy conocemos como el mundo moderno. Y en esas estoy.
Esta muestra para mí fue como cerrar un ciclo que tenía pendiente. Curiosamente, aquella serie de collages de 2016 que mencionas, muchos de los recortes eran parte de un libro publicado en Barranquilla en los años sesenta, y una de las piezas presentadas fue comprada por una pareja que se mudaba a Austria. Lo que yo no sabía entonces era que, años después, viviría en esa misma ciudad con mi pareja y comenzaría mis estudios de arte en la Academia de Bellas Artes de Viena. La vida te da muchas señales, y esta, definitivamente, continuaba su curso con la realización de esta exposición. Por eso incluí el mismo libro, pero esta vez como un testimonio que necesitaba conservar y activar.
LN: Examinando tus pinturas, hay temas muy recurrentes y hasta familiares, ¿Crees que tu forma de hacer arte recurre de nuevo al estereotipo de lo que se espera de un artista latinoamericano y del Caribe? ¿Cuál es tu reflexión sobre esto en relación con lo visto en la muestra?
EH: Como espacio de arte independiente, la Casa Verde se ha encargado de exhibir el arte popular en numerosas ocasiones, con artistas como Marcial Alegría, Guillermo Vega, Magola Moreno, Ismael Escorcia, Baltasar Sosa y otros anónimos. De ellos he tomado referencias para continuar esas aproximaciones al paisaje del Caribe colombiano, porque me interesa prolongarlas con una mirada contemporánea. Por eso mismo, cuando Fernando García y Emma Anna me ofrecieron la oportunidad de realizar este proyecto de Ficcionales durante mi estancia en Colombia, no dudé en aceptarlo.
A nivel conceptual, recalco lo identitario, y en lo formal puedo ser leído fácilmente bajo ese estereotipo por el uso de colores saturados y elementos compositivos que aluden a lo exótico. Hablo de mi pintura especialmente porque está influenciada por esa corriente del arte popular colombiano que, durante mucho tiempo, la historiografía escrita desde Bogotá denominó de forma peyorativa como “primitivista”. Bajo ese nombre se intentó equiparar el trabajo de muchos artistas con procesos europeos de vanguardia por la representación de una naturaleza estática, origen de la fantasía; sin embargo, ese argumento no basta para definir algo que debería entenderse como una tradición pictórica propia, que evoluciona constantemente y que ha configurado nuestro universo visual por siglos. Desde ahí surge mi convicción de que el arte hecho en América Latina no es homogéneo, sino un conjunto de experiencias diversas, globales y profundamente situadas.
Esa relación con el arte popular se enlaza directamente con la capacidad de construir un orden propio del mundo, incluso desde aquello que ha sido marginado o etiquetado desde afuera. Ese aspecto, para mí, es profundamente significativo, y tal vez ahí radica mi fascinación: en seguir indagando cómo, en nuestras imágenes, las heredadas y las que estamos produciendo, persiste una necesidad de narrarnos a nosotros mismos y reclamar ese derecho a hacerlo.
LN: El Prado en Barranquilla es una zona conocida por su carácter histórico; en su época fue la primera urbanización planificada de Colombia, destacada por sus grandes avenidas arborizadas y por la diversidad de estilos arquitectónicos de sus viviendas. Sé bien de tu interés y estudio por el patrimonio cultural, y la Casa Verde se encuentra precisamente en este barrio. Me gustaría saber cómo utilizaste este contexto urbano en Ficcionales.
EH: Durante la residencia tuve la oportunidad de recorrer nuevamente el Norte–Centro Histórico, una localidad de Barranquilla muy significativa para mí, porque fue allí donde nací, crecí y estudié. Con el tiempo, y a partir de mi interés por la salvaguarda cultural, realicé en varias ocasiones visitas guiadas enfocadas en la puesta en valor del patrimonio arquitectónico y considero que esa experiencia fue clave como primer encuentro para entender cómo un relato también se construye desde los cimientos.
El Prado fue proyectado en la década de 1920 por la compañía urbanizadora de Parrish como una réplica del urbanismo estadounidense, respondiendo a la necesidad de una nueva clase privilegiada, en gran parte extranjera, de diferenciarse y aislarse del resto de la ciudad. La arquitectura, con sus estilos historicistas y viviendas ornamentadas, funcionó simbólicamente para representar estatus y un supuesto linaje, ficciones que han contribuido a consolidar una imagen específica de progreso y modernidad.
Ese mismo relato ha servido, a lo largo del tiempo, para justificar la demolición y el olvido. Y aunque en mi obra estas problemáticas no se enuncian de manera explícita, considero que el contexto del barrio y la carga histórica y poética que aún conserva amplifican el sentido de la exposición. Esa fue la idea inicial.
LN: También pudimos ver objetos de tu archivo expuestos en unas vitrinas, a los que llamas documentos del deseo. He sido testigo del esfuerzo que has puesto en encontrar fotografías antiguas en anticuarios, mercados de pulgas, páginas en línea, entre otros espacios. ¿Podrías contarnos cómo integras estas metodologías de búsqueda, recopilación y archivo dentro de tu práctica artística?
EH: Durante mis estudios de Historia del Arte en España, me enfrenté a una visión del arte profundamente reducida: occidental, europea y blanca. Sentía que nuestras historias eran contadas desde el extractivismo y el despojo, y que América Latina solo aparecía nombrada desde una mirada folclórica, distante y superficial.
Fue allí donde surgió mi necesidad de verme reflejado, de encontrarme en esos relatos que no me nombraban. Entonces me pregunté por qué no contar una historia anclada en la producción artística del Caribe colombiano. No es que no me interese el país entero o América Latina en su totalidad, pero los procesos del Caribe, como región litoral, me atraviesan de una manera profunda. Somos una patria compartida por muchas naciones, y esa condición híbrida y fragmentada me define.
Una semana antes de la exposición, el 18 de septiembre, realicé una presentación en la Biblioteca Piloto del Caribe, en el marco del Mes del Patrimonio. Allí hablé sobre los regímenes de representación que han moldeado la forma en que los sujetos y los territorios del Caribe colombiano han sido narrados y visualizados. Compartí un recorrido que iba desde la cartografía colonial y las pinturas de viajeros del siglo XIX, hasta la postal turística y el fotoperiodismo, apoyándome tanto en colecciones públicas como en mi propio archivo.
Libros ilustrados, colecciones de tarjetas postales y fotografías. Archivo del artista
Los objetos de ese archivo fueron los mismos que luego aparecieron en las vitrinas de la exposición. Cuando hablo de documentos del deseo, no me refiero a una invención personal, sino a una idea que me permite pensar el poder de estas imágenes y registros para revelar carencias, fantasías y aspiraciones. Muchos de ellos no muestran la realidad tal como es, sino como se ha querido imaginar.
Este diálogo entre mi archivo, mis pinturas y mis grabados se expandió con la inclusión de una de las piezas de El Descabezado, del maestro Ismael Escorcia Medina. Juntas, estas obras construyen una instalación en conversación con mi pintura Desfile de Cabezones, que responde a esas otras formas de distorsión de la realidad que aparecen con fuerza en la sátira y lo burlesco del Carnaval de Barranquilla y de tantas fiestas populares donde lo insólito y la parafernalia también hacen parte de la manera en que se construye el paisaje del Caribe.
LN: Para cerrar, ¿cuál es tu próxima tarea después de esta experiencia?
EH: A seguir trazando puentes que me permitan volver siempre.
La exposición Ficcionales, de Enrique Harm, fue posible gracias al apoyo de La Casa Verde, familiares y amigos del artista; las fotografías estuvieron a cargo de Carlos Mario Parra, Luis González Vergara y Lucciana Torres Núñez; el montaje fue realizado por Miguel Ángel Rosillo, Dagoberto Martínez, Rocío Hernández y el Museo de Arte Moderno de Barranquilla; el diseño del folleto correspondió a Carolina Gálvez. Asimismo, se agradece al periódico digital Regióncaribe.org y al Archivo Histórico del Atlántico por su difusión y colaboración en el proceso.

